jueves, 27 de febrero de 2014

La Pulpo


Apología de la Pulpo

Por el Lic. Gabriel Piñeiro *

Cuando se jugaba en la vereda, un arco estaba constituido por el árbol y la pared. El cabeza se jugaba arrojando la Pulpo hacia arriba con una mano para cabecearla hacia el otro arco constituido por el árbol siguiente y la pared; los muy torpes podían hacerlo con las dos manos, pero con una considerable pérdida de potencia. El juego tenía sus variantes, una de ellas titulada de rebote vale dos: consistía en devolver la pelota con un nuevo cabezazo en forma directa lo que permitía duplicar el valor del gol o cuadruplicarlo, gracias a la espectacular palomita vale cuatro: un vuelo de forma casi paralela al piso para impactarla con la cabeza.

Habilitada por acuerdo de los contendientes existía también el vale arremetida, es decir la posibilidad de avanzar con los pies si el rival no conseguía retener la pelota. Otra posibilidad de recepción y respuesta era el cabeza pechito patea, es decir que el jugador, en respuesta al cabezazo rival, no la atajaba sino que la paraba con el pecho y podía dejarla caer al piso y patear. Estas dos últimas modalidades eran las más riesgosas por lo que, cuando se habilitaba la posibilidad de usar los pies, había reglas que prohibían patear fuerte con el fin de evitar circunstancias que se tornaran peligrosas. El primer peligro era físico porque un impacto fuerte de la Pulpo dolía y mucho más en invierno. El otro peligro era la migración de la pelota, ya que la Pulpo podía adquirir velocidades ultrasónicas y desaparecer, ya en sentido paralelo al globo terrestre o hacia la troposfera.

Si el impulso que la proyectaba era paralelo al globo terrestre, migración transitoria, era inevitable la discusión acerca de a quién le correspondía ir a buscarla, ya que el bando agredido consideraba que debía hacerlo el atacante por haber violado las reglas y el atacante se atenía a la ley que indicaba que era el arquero o los defensores los encargados de reanudar el juego y, por lo tanto, los responsables de ir a buscar la pelota donde fuese que estuviera. Eso podía consumir minutos de tediosas discusiones. Si, en la otra variante, el impulso la proyectaba hacia el cielo, migración permanente o casi permanente, en su inevitable y newtoniano descenso de la troposfera podía caer o colgarse, según la jerga en uso, en un lugar de difícil acceso o en la casa de la vieja que se negaba a devolverla, representante máxima de los cultores de la siesta y el silencio.

Entre los mitos de la Pulpo destacamos el que sostenía que antes de jugar había que lubricar la sequedad de la goma, es decir mojarla, para evitar posibles agrietamientos. Esta hipótesis, hasta donde hemos podido reconstruirla, es oriunda de los barrios de Caballito y Flores, no registrándose testimonios de semejantes extravagancias en Saavedra, el barrio originario de la pelota. Lo que no es un mito era el juguito que salía de la Pulpo cuando se pinchaba, ya que ello se debía al nitrito de sodio y al cloruro de amonio que, con un poco de agua, se colocaba en el interior de la pelota para gasificarla.

Valga todo este discurso teórico para destacar el valor y la importancia que tan novedoso invento significó para la niñez, adolescencia, juventud y hasta para los veteranos que, no resignándose al paso de los años, rindieron culto a tan extraordinario producto del intelecto humano.

* Director del Museo Histórico Saavedra.

Extraído de  www.periodicoelbarrio.com.ar

1 comentario:

Antonio (el Mayolero) dijo...

El "caballito" valía seis. Consistía en atajar con un cabezazo hacia arriba y en la bajada cabecear al arco contrario