lunes, 4 de noviembre de 2013

Clarín. El diario estaba ahí, siempre.

Escribió Claudio Zeiger en el suplemento Radar de ayer, una muy buena reflexión sobre el Gran Diario Argentino. La comparto por que al haber salido en un suplemento, quizá se les escapo.

El diario estaba ahí, siempre. A veces daba la impresión de que cobraba vida, se deslizaba solito por debajo de la puerta, se subía a la mesa de la cocina esperando a la familia que se pelearía amistosamente por sus secciones y suplementos. Estaba ahí siempre, y sobre todo, los días domingo. El chico lo leía con la misma avidez con que leía todo y miraba televisión. Mucho de lo que leía no lo entendía, o lo entendía a medias. Pero el diario ejercía sobre él la fascinación de los adultos un poco míticos y fabulosos. No hace falta entenderlos para sentirlos ajenos y, a la vez, seductores, dueños de un secreto que se revelaría alguna vez. Además, había una compañera del colegio de su hermana cuyo padre era un periodista de deportes del diario. Y justo al chico, lo que más le gustaba era la parte de deportes, no sólo por el fútbol; encontraba –intuitivamente– algo popularmente literario ahí. Nunca olvidaría el impacto de una crónica de un Vélez-Temperley. Temperley había estado de gira y un jugador había contraído paludismo y había muerto. El cronista contaba que sus compañeros habían puesto un precario papelito en el vestuario pinchado con una chinche: “Negro, este triunfo es para vos”. Vélez ganó uno a cero. El cronista remataba: “No pudo ser”. Más adelante, las crónicas de Oberdan Rocamora, las notas de Jorge Göttling, de Luis Soto, iban a capturar la atención del chico, cada vez más inclinado por la literatura. El domingo era toparse con la revista más triste del mundo, lo más chato de la chatura que pudiera concebirse.

Ese diario era el único que entraba a la casa donde años antes, en su más tierna infancia, había entrado la revista Crisis, o los periódicos como Propósitos y Nuestra Palabra. Después solo quedó el diario, módico monopolio que se extendía a todo el barrio. Nadie en el barrio leía otro diario, solo ese diario. Claro, de tanto pasar las hojas y las tapas, uno se volvía insensible a las palabras, a las intenciones, hoy tan evidentes, piensa el chico, no tan chico. Ese diario no hablaba de ti, ni de él.

Después el chico empezó el secundario y el diario seguía llegando imperturbable, día tras día, a la casa, y los domingos, vuelta a leer la revista horrible, aunque ahora, piensa, el horóscopo se salvaba, estaba bueno, porque era un horóscopo hecho con evidente saña irónica, propia del que no cree en nada de eso de que la vida se divide en trabajo, amor y salud y... ¡una sorpresa! En la escuela, solamente el loco de Andrés (hoy el gran juez Gallardo) traía La Prensa, porque nos mostraba a los otros cuatro locos las columnas de Manfred Schonfeld, que hablaba de los desaparecidos y los hábeas corpus. A Schonfeld le rompieron la mandíbula.

En el barrio, mientras tanto, en algún bar se dejaba asomar algún diario popular de la tarde, pero el imperio de El Diario seguía a tope, cada vez más, se diría. Y un día, el monopolio se empezó a romper por donde menos se lo hubiera pensado. Salía del kiosco pero era una revista, bastante irreverente, se llamaba Humor y hablaba de política de una manera que parecía impensada antes, pero entonces, ya más avispado, el chico se dio cuenta de que el diario también hablaba siempre de política, pero que lo que le había hecho comer en esos años era la barroca novela de unos militares ocupados en internas más o menos benévolas, en cuestiones de jerarquías y runflas no muy trascendentes, en reuniones del estado mayor conjunto que parecían pintorescas internas con agua mineral y canapés. Cabe aclarar: ningún diario habría podido afirmar en su tapa “Asume el poder sangrienta dictadura”, pero todo aparecía licuado aceitadamente tras una pulcritud y una eficiencia adornadas cada vez más decorosamente en suplementos y maniobras distractivas de espectáculos, cultura y nación.

El diario seguía sin hablar de vos, ni de mí. Llegó otro tiempo y el chico, al diario, se lo fue olvidando, lo hojeaba distraído, a veces para buscar el reflejo de algo inmediato que pasaba en la calle, las movilizaciones, las marchas, los líos. Lo encontraba o no pero ya no le daba tanta bola (la calle desmiente a los medios), no lo olía como antes con fruición –el preciado olor a tinta del domingo a la mañana– ni se conmovía por la crónica de un partido intrascendente contado con ese lirismo un poco grasún pero efectivo. Y el diario se aggiornó, es verdad, y sumó buenas firmas a lo largo de esos años, y fue abandonando los derechos humanos a los que prestó atención durante el Juicio a las Juntas, pero por algo el diario se puso de culo con los derechos humanos, apenas cubría las marchas en los noventa, y nunca, pero nunca, habló de ti, ni de mí.

El diario hablaba de una clase media tan media pero tan media, que era pura abstracción. Y por las dudas, les ponía a los lectores las palabras clave en negrita, por si no entendían. El chico, tan avispado de chico, ahora se burlaba de las palabras en negrita. El diario no hablaba de él, ni del niño que fue. En realidad, el diario empezó a hablar de sí mismo, de sus triunfos, de sus programas, de sus otros diarios y radios y sus éxitos y sus negocios. El diario que no había hablado de ti pero simulaba hacerlo, ahora hablaba de sí. El diario era el tema preferido del diario. Dale y dale con ese latiguillo “dicen que...” cuando en verdad lo decían ellos, hablaban ellos, en el espejo.

Y de tanto mirarse al espejo, y de tanto hablar de sí mismo, el diario, finalmente, cruzó al otro lado del espejo y se extravió.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente.

La historia que cuenta, repetida en ¿cuántas casas, cuántas familias, por cuánto tiempo?

En las ciudades del interior de la provincia ni siquiera llegaba otra cosa que Clarín, La Nación o Gente. Ah, El Gráfico, claro.

La última frase es fantástica.

Saludos.
Esther