miércoles, 14 de marzo de 2012

Cuando uno creía que se acababa el mundo

Cuando en los setenta tenías tu primera noviecita, digamos a los catorce, quince años,  pensabas que, si llegaba a dejarte, se acababa el mundo.
Quién no tuvo en esos años, el metejón de su vida, bueno, yo tuve tres y casi al mismo tiempo.
Cuando empecé a salir con Silvia, creí tocar el cielo con las manos. Juro que pienso y pienso y no puedo recordar como corno la encaré. Silvia, no fue mi primer beso, pero los de ella –hasta ese momento- fueron superiores.
La cosa iba bien con Silvia, pero mal con su madre, aparentemente, relaciones familiares anteriores tuvieron como consecuencia cierto odio, poco racional, hacia mi pequeña humanidad.
Entre tanto, en la intimidad de mi habitación, en una pequeña radio portátil que depositaba debajo de mi almohada, sintonizaba radio del plata desde las once de la noche, para escuchar a Juan Alberto Badia y la voz de Graciela Mancuso. Imaginate, arrancaba así: y la cortina de flecha juventud comenzaba con que sonaba de esta manera…
Pero les decía que la cosa iba bien, hasta que conocí a Viviana, una de las tantas compañeras de colegio de Silvia.
Con Silvia viajábamos juntos todos los mediodías, ella hasta la estación de Ramos y yo hasta Liniers, por supuesto en viaje hacia nuestras escuelas; el trayecto que compartíamos no iba más allá de unas veinte cuadras, pero, antes que nosotros, por coincidencia horaria, confluíamos en el mismo colectivo con otras compañeras de colegio de Silvia que subían antes, entre ellas Viviana. Viviana usaba “tasha”, un perfume de Avón, para los que peinan canas, seguro entenderán esta referencia, y para los que no, su perfume inundaba el colectivo.
Entrados los dieciséis años y después de casi un año de compartir esos diarios viajes, Viviana, quien ya salía con un amigo, empezó a comerme la cabeza, o para mejor decir, yo, empecé a comerme la cabeza con Viviana, aún saliendo con Silvia, la que, evidentemente debe haber tomado nota de tal circunstancia, ya que decidió pegarme un voleo en el orto.
Fue allí cuando descubrí que el mundo no se terminaba para mí, a pesar de creer que sin Silvia, ¿para qué?, lo cierto es que el embelesamiento narcotizante que sentía por Viviana, me permitió superar el que yo creía, sería el fin de mi mundo.
Les decía que Viviana salía con un amigo, así que terrible era mi parecer y vivir diario, y para peor de todo, un buen día, las cosas empezaron a andar mal entre ellos y Viviana se apoyo en mí, como amigo, y yo… ¿me iba a resistir?

Disgregación 1.
Vale la pena que les cuente aquí que, esperando el colectivo, a veces se juntaban más pasajeros, razón por la cual dejaba subir primero a las mujeres, no sin antes asomarme y tratar de oler el perfume tasha de Viviana. Si olía, subía, sino, esperaba el próximo.

En ese andar, un día, al bajar, Viviana me dejo una carta. No entendía nada. ¿Una carta para mí?, que necesidad, si nos veíamos todos los días…
Corría 1981, Badia se había pasado a la FM de Radio Rivadavia junto con Graciela Mancuso, para hacer Piedra Libre. Fue el año que mis viejos me regalaron el equipo Sansui, esos que venían en un mueble: giradiscos, doble casetera y sintoamplificador. Juan Carlos Baglietto debutaba en Buenos Aires, nacía la trova rosarina, ese año graba tiempos difíciles que sería presentado al año siguiente. 

Disgregación 2.
Hay muchas estrategias y nadie tiene la receta. Uno conoce el desvalido, el engañado, el traicionado, el pobrecito, todas válidas, pero, “paño de lagrimas” es de terror y más, si hay “códigos” de por medio. Tener que sofrenar y ocultar o esconder lo que se siente, es duro.

Esa primera carta trajo otra y otra, y muchas más –aún las conservo-, en ellas, Viviana me iba contando todo lo que pasaba entre ella y mi amigo y, entre tanto, luego, yo escuchaba la otra campana, el relato de su novio, quien resulto ser mi mejor amigo durante esos años.
Un día, cualquiera, pero no menos importante, me dije basta, hasta acá llegamos, con ella, jamás con él. Mis recomendaciones, opiniones o desvaríos sobre tal o cual cosa que Viviana me contaba respecto de su conflicto, empezaron a tener un cariz particular, digamos, no objetivo, y tuve que elegir, Opte, y me quede con mi amigo y mi dolor.
Todo bien pensé, me dije, pero, siempre hay un pero y como nada es casual, la relación de ambos, se termino.
Imagine amigo mío, mi ánimo en esas circunstancias. Cuánto tiempo era el prudencial, vaya a saber en esos mocosos años. Duda existencial que ni Lacan ni Freud, aún me dieron una respuesta.
Así las cosas, un día, como cualquier otro, pero único, y así será por el resto de nuestras vidas, Viviana me beso. Un beso de novia me dio, de novia eh!
Ese día empezó y termino lo que nunca fue. Ese día fue otro más, el segundo, de esos que uno piensa: después de esto, no hay nada más.
Pero no, hacía un buen tiempo que, simultáneamente a este padecer, esos diarios viajes en colectivo sumaron otra pasajera: Laura.
Laura era la hermana segunda de cuatro hermanos, Ana la mayor, luego ella, después Edgardo y por último Aníbal. En la esquina, mientras esperábamos el arribo del 622, el saludo era de cortesía y eso que yo, para ese momento, casi que vivía en su casa junto a sus hermanos.
Laura, tenía un aire de, como decirlo, ser la más linda y además, se sabe linda, deseada, mirada, alguno, desprevenido y sin conocerla, pudo haber pensando que se la creía, yo, no.
Así como el mundo no se terminó cuando Silvia me dejó y tampoco me suicidé cuando  Viviana tomo la sabia decisión de no darme más bola, con Laura, la cosa fue distinta.
Laura era la mujer más linda que había conocido hasta ese momento.
Flaca, mediana estatura, estilizada, de poco busto, corte de pelo a la garçon, hablaba francés, tocaba el piano, usaba Jumper, pollerita tableada y Kickers. ¡Ya está!, la mina pa’casoriarse hubiera dicho mi amigo Rubén del Café Buenos Aires.
Al primero que le confesé mi enamoramiento fue a Aníbal, el hermano menor, quien a las vueltas de la vida, resulta ser mi hermano de la vida; después de dio cuenta Ana, luego Edgardo y hasta su propia madre. Todos, menos el padre, sabían de mi locura por Laura.
Ana fue la mejor compinche, sabía todo lo que me pasaba, pero, a pesar de sus denodados esfuerzos, nunca logró que Laura, siquiera lo pensara.

Una vez casi y después nunca más.
Organizamos un baile en la terraza de la casa de Laura, un “asalto”. Las chicas traían las bebidas y nosotros la comida y la música, o era al revés, no me acuerdo bien. La música la descansamos en Gustavo, quien para ese momento pretendía ser DJ. Se había construido una consola con dos bandejas giradiscos estroboscópicas y un buen amplificador.
Esa noche no falto nadie, si hasta Silvia vino.
Había pasado Silvia, había pasado Viviana, yo seguía vivo y Laura seguía siendo un anhelo. Juro que estaba enamorado o por lo menos eso creía en esos años.
Volvamos al baile. Había lentos, y cómo no, ¡señor! ¡Y que lentos, por Dios! Decidí no bailar en toda la noche, si con quien yo quería estar no me pasaba bola, pero, siempre hay una sorpresa, Ana se acercó y me dijo al oído: en cuanto Gustavo ponga el primer lento, sacála a bailar, te va a decir que si.
Mis pulsaciones se acrecentaron mal, así y todo me pegue al DJ y le pedí que en cuanto empezara a mezclar para que entren los lentos, me avise, así me iba acercando a Laura, no fuera cosa que alguno me aventajara.
Con el guiño de Gustavo y cuando sonaban los primeros acordes de “días lluviosos y lunes” por Paúl Williams, ya estaba parado frente a ella, temblando le extendí mi mano y ella alcanzó la mía, juntos, así sin decir nada, fuimos a la pista.

Se sucedieron Carpenters con “Ayer Una vez más”; “Honestidad” y “Hombre de piano” por Billy Joel;  “Escalera al cielo” por Zeppelin; “Eclipse total de corazón” por Bonnie Tyler; “último tren a Londres” por ELO y  “Hotel California” de Eagles .
Me brindó todos los lentos, fue como decirme ‘es todo lo que puedo darte’. Esa noche, la tuve ahí, entre mis brazos, rozando su mejilla, todo se desarrollo en absoluto silencio y, en mi interior sentía que estábamos verdaderamente solos y que la terraza de Bolívar y Costa se elevaba al cielo. No nos dijimos una sola palabra.
Esa noche, una vez más me di cuenta que la vida no se me terminaba, esa fue la tercera vez que caía derrotado, pero, me demostraron que vivir es justamente eso: desear, conseguir, sufrir, ganar, perder y que a pesar de todo valió la pena haber vivido esas experiencias en la adolescencia temprana.
¿Inocentes? Puede que sí, pero desde cuando las utopías no tienen en si misma algo de inocencia.
Faltaba un año para que nos robaran la inocencia de un día para el otro.

Silvia. La volví a ver después de muchos años, estaba bárbara, y ese mismo día, también vi a su madre. Me trato bien.

Viviana. Con los años, se casó con mi amigo, tuvo dos hijos, creo que es feliz, de tanto en tanto, nos vemos.

Laura. La última vez que la vi fue en el entierro de su padre. Esta casada y tiene una niña que es su calco.

Los nombres no son verdaderos, o casi.

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