domingo, 19 de febrero de 2012

Oesterheld

Tenía en mis manos un hermoso original de Ticonderoga, pero no podía leerlo. Prefería hacerlo con las filminas. Era una por cada página y las tenía que trabajar con luz abajo. Con esa transparencia previa a la impresión, para mí, era más fácil seguir la lectura. Los originales de Pratt eran para quedarse cuadro por cuadro, con esas bellísimas aguadas de tinta, y encima páginas enormes. Encima estaban todas recortadas y pegadas con cemento de Villalba, por algún rearmado que había sufrido en el camino. Cuando llegaron a la Editorial Record, se mandaron a hacer las películas, reducidas al tamaño de la revista que las iba a publicar.

Pif Paf. Ahí yo la leía, sin interrupciones, y luego me abocaba a limpiar los reverberos, con yilé o cúter o raspín, sobre las emulsiones. Un trabajo de mucha paciencia. O algún retoque, seguir con pluma o rotring la línea del gran Hugo hasta el filete del cuadrito. Y, a veces, enhebrar el título con letraset cuando este espacio llegaba ausente. Ticonderoga. Qué gran historieta. De finales de los años cincuenta. El guión de Oesterheld. Héctor Germán Oesterheld.

Para el verano de 1977, Oesterheld empezó a venir esporádicamente a trabajar a la editorial. Después empezó a venir casi todos los días.

La editorial ocupaba un piso entero en la avenida más ancha, divididas las oficinas en la parte más extensa, que daba hacia la calle y donde yo trabajaba, y la parte de atrás, depósito, coordinación gráfica y administración. En el medio, la conexión era un pasillo estrecho, donde íbamos al baño de mujer y de varón, y una pequeña kitchenette. Oesterheld laburaba atrás. Su ceremonia era curiosa: redactaba sus guiones rápidamente como un taquígrafo, con esos signos raros, luego los leía en voz alta a un grabador de cinta, y una secretaria los desgrababa y transcribía a máquina. Una vez que ella tenía una hoja, o dos, el Viejo los leía y retocaba.

Todo era muy rápido. Así producía el Oesterheld al que yo, a veces, mudo, me acercaba.

Otoño del ’77. Un mediodía me acerqué a su escritorio con un libro de la colección Salvat, tapa dura, a todo color, hermoso y caro, que había comprado en el Parque Lezica. Un huevo me había costado. Yo lo veía muy ceniciento y barbudo, triste, con la voz apagada, laborioso, pero en otra, a Oesterheld. En la editorial nadie le daba bola, no se le acercaban. El entraba por la puerta de atrás y su recorrido se limitaba al pasillo: el baño y la cafetera. Pero yo iba, lo saludaba, le ofrecía un café, y ese día le mostré el libro: Literatura Dibujada. Se sintió atraído, dejó de trabajar un buen rato y yo aproveché para mirar junto con él las figuritas que recorrían la historia de la historieta. Hablamos de la guerra, de Hora Cero, de sus dibujantes, de lo que yo quería hacer. Lo percibí más animado. Y cuando apuré los trámites para volver a mi tablero, al escuchar el juego de llaves de mi jefe de arte al salir del ascensor, el viejo me pidió prestado el libro. Claro, dije. Y me obsequió una Rodhesia.

Una cosa que me llamaba la atención era el reguero de tierra seca que dejaba en el pasillo. Se desprendía de sus borceguíes sucios.

Un día no vino más. Pasaron las semanas, los meses. Yo lo extrañaba y extrañaba mi libro. Nunca me lo devolvió. Seguí leyendo todas las maravillas que había escrito, y se me ocurrían nuevas preguntas.

Más grande supe de su calvario, sus cuatro hijas muertas por la represión, y él mismo, chupado a un centro clandestino de detención. Supe del Oesterheld desaparecido y me enojé con mis compañeros de la editorial por cómo me habían ocultado esa información. La recriminación se fue atenuando, pero la conciencia había nacido para quedarse.

Recién ahí pude dilucidar la ruta de un perseguido, un hombre que cambiaba de rutas. El guionista clandestino que dejaba regueros de barro seco sobre el piso encerado.

Miguel Rep para su columna Aventuras Ilustradas de Página 12.

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