miércoles, 7 de septiembre de 2011

Gesell, enero del 84

Hace un par de días, PibePeronista publicó en su blog un recuerdo sobre ese enero de 1984 de un verano gesellino. Hace unos años, escribí también sobre ese verano -nada es casual- y otros que siguieron viniendo. Lo comparto con ustedes, pero antes de empezar a leer, dale play al audio y dejalo de fondo





Yo ni te había oído nombrar,... y fue en el verano del ’83 cuando te conocí. Silvestre, con calles y alamedas de arena, subyugante, provocativa y romántica... misteriosa mujer que, al decir de Carlos Barocela, “los viejos hippies trataron de enamorar, fabricando y regalándote sus anillos, collares de mostacillas y espejitos de colores que, hechos con talento e inspiración, no solo lo consiguieron si no que, asombraron al mundo con sus artesanías y manualidades para convertirse en uno de tus principales atractivos”.

Y volví en el verano siguiente y al otro y al otro, y ya ni se cuantos fueron, con mi carpa al hombro durante las primeras veces, tratando de emular a todos aquellos que me precedieron en esa aventura de acampar.

Por esa época, los camping el Faro y Pinar eran los elegidos por los roqueros, los del descontrol, de enterito carpintero Little Stone y zapatillas topper. El camping Afrika crecía al grito de “Beeetooooo” de la mano de Eduardo y el Caravan, era el resguardo del acampante familiar.

Afrika me recibió aquella primera vez y ya no pude abandonarlo mientras veraneé en carpa. Los jóvenes redescubríamos la libertad que nos había sido arrebatada durante largos años, fueron años de esplendor en plena primavera alfonsinista, de largas colas para poder bañarse, de compras en la proveeduría de Mirta y Alejandro, de fogones interprovinciales, de ropa interior de mujer tendida en los vientos de las carpas que hacían volar la imaginación, de borracheras, de amaneceres en carpas ajenas, de escarceos amorosos, de enamoramientos súbitos, de sexo.

La Rotonda del Pinar (Buenos Aires y Avenida Boulevard Silvio Gesell) y la Mini Terminal de 4 y 105 eran la llegada a la ciudad cuando lo hacíamos en micro, que bien podrían ser Paraná, Río de la Plata ó el legendario Antón. Hablar por teléfono eran horas de cola en la Cooperativa Telefónica de 113 y 3, ahí nomás cerca del ACA, amenizando la espera con churros rellenos de El Topo.

Volverse a Buenos Aires sin probar los panqueques de Carlitos era casi una herejía, tanto como no comprar, aunque más no sea, un pañuelo hindú en la feria hippie frente al ACA.

De aquellos años, recuerdo un pequeño escenario en el café concert La Mar En Coche por el que desfilaron unos tras otros, distintos artistas, y que bien valió la pena haberse sentado alguna vez para disfrutarlos. Jorge Corona, con sus subidos cuentos, solía repetir su show en la calle para aquellos que no podían pagarse la entrada; la voz de Miguel Angel Trelles; la resurrección de Piero con su “manso y tranquilo”, el romanticismo de Gianfranco Pagliaro, las canciones de nuestro vecino de Haedo, Carlos Barocela, la gracia, el humor y el talento inagotable de José Luis Gioia.

La “Canción del Pinar” en la voz de Silvina Garre acompañando a la nueva trova rosarina, junto a una fogata en el anfiteatro del Pinar, el “tira para arriba” delirante de Miguel Mateos en su recital de la Plaza Primera Junta, atiborrada de gente cercana al delirio.

El café “machazo” de Nostalgias, la copa de whisky en la barra de la Jirafa Roja, o una cerveza bien helada en el parador Windy.

Playa, era para muchos echarse en las reposeras de Wind Surf o Tejas Rojas, para mirar y ser mirado. Disfrutar de los medanos y de la soledad era caminar hasta Mirage, el último parador de la zona norte, con su peculiar mozo, que solía agradecer las propinas haciendo sonar con el badajo la campana ubicada en la barra.

Vacaciones en familia: zona sur y pesca en el muelle de la 129. Mar de las Pampas, Mar Azul, el Faro Querandí, eran “la excursión a los indios Ranqueles” de Lucio Mansilla.

Dogos, era el trago después de cenar y el apronte antes del baile. Con algún resabio de casa pueblo, Sabash nos albergaba hasta bien de madrugada, por si la cosa venía “de plancha”.

En fin, en tus tierras pase por todas las ofertas inmobiliarias: me alojé en carpa, hostería, hotel, departamento, duplex, casa y cabaña. Viví todas las estaciones, te visité en verano, otoño, invierno y primavera. En tus playas fui turista, almacenero, dibujante técnico y hasta “guardavidas trucho”.

Llegue a ti a dedo, en micro, de copiloto en un DKW, en un Peugeot 404 y en mis propios autos. Llegue desde las Armas por la ruta 73, evite por la tierra el peaje de Madariaga, estrene el asfalto de la 56 y recorrí toda la 11 desde Pipinas.

Pase por todos los estadios: te conocí soltero, “me puse de novio en tus campings”, volví en pareja, festejé mi primer aniversario de casado en tus playas, engendré mi primer hijo durante un octubre maravilloso y corrí por tus bosques con mi esposa y mis dos hijos, a los que obsesivamente les inculque mi amor hacia vos.

Por todo esto, insistente y recurrentemente vuelvo a visitarte, y a pesar de todo lo vivido y lo por vivir, cada vez que rodeo la rotonda de la ruta 11, al enfilar por Buenos Aires hacia tu centro, siento la misma sensación al vislumbrar ese Totem de bienvenida que me anuncia el arribo a la felicidad.

Nota:
El Tótem, realizado por el escultor alemán Pablo Hannemann, inspirado en la tradición de los indios de Canadá y Alaska, quienes tallaban enormes tótems de madera para marcar un lugar y honrar un cacique, se encuentra ubicado en el acceso a la Villa. Esta escultura inaugurada en 1977 representa a la familia, simbolizada por el padre, la madre y el niño, junto al mar y al bosque. Un ave mitológica, el pájaro tronador, creador y regulador de los elementos naturales corona la obra; en sus alas extendidas puede leerse el nombre de quien da la bienvenida a los visitantes: Villa Gesell. Se encuentra ubicado en el camino de acceso a la Villa.

2 comentarios:

Pibe Peronista dijo...

Grande Marce! Una crónica inmejorable de aquel Gesell 84. Datos que yo no recordaba y todo el sentimiento de quienes amamos a la villa.

Un abrazo!

Camila dijo...

Solia veranear cada año en gesell con mi familia. Hoy en dia sigo teniendo muchos Departamentos en Villa Gesell con lo cual voy cada vez que puedo a dicha ciudad. Siempre me ha gustado mucho poder ir a sus playas