martes, 1 de marzo de 2011

Es un afano, suspendanló

Hace rato que, entre todo lo que leo, visito a Fede Vazquez -a quine no conozco- en su blog Acquaforte, pero, hace una semana que me suscribí a su blog para recibir directamente sus posteos.
Y la verdad, como ando medio apretado con  tiempo pa'postear, aprovecho y, ante la eventualidad que haya lectores de este blog que no lo conozcan -cosa que dudo-, les dejo la entrada que realizó hoy, que me exime de comentarios:

Extraño momento de la patria, ¿no?

Porque hay muchas formas de pensar las palabras de Cristina, muchas cosas para sentirse orgulloso. Elijo dos:

1-La capacidad política y de gestión para “ir por más”. El gobierno se empieza a medir -cada vez más- consigo mismo, con sus propias realizaciones y faltas. Cristina señaló, por ejemplo, un dato que era conocido pero no discutido: este año, por primera vez en la historia, exportamos más productos de origen industrial que de origen primario o agro industrial. Algo que no había podido decir Néstor en su mandato, ni ella en estos años. Ese dato es superador en términos cualitativos a los grandes números que desde hace un tiempo muestra la política económica (reservas en crecimientos, dólar controlado, niveles de empleo, etc), y además invita a pensar nuevos desafíos y a pedirle al modelo otras cosas. Como por ejemplo, un perfil productivo. ¿Qué? Si,  muchachos, ¿qué país queremos? En la misma línea de lo la AUH extendido a las mujeres embarazadas. Impensable sin el aprendizaje kirchnerista de superar preconceptos sobre las políticas sociales. Impensable sin el triunfo político y de gestión que es el funcionamiento de ANSES, del que hasta ahora ninguno pudo decir ni mu. Es decir: el kirchnerismo le saca kilómetros al resto, por la sencilla razón de que tiene en claro que la llegada es sólo otro punto de partida. Transformar para seguir transformando. Fácil, simple, implícitamente revolucionario.
2-La capacidad para zurcir. Gobernar será poblar, repartir, o crear trabajo,  pero más que nada es atar lo que está suelto. Es una delicada obra artesanal la de dar coherencia política a la contradicción de intereses que tiene una sociedad. Están los que seguirán creyendo que se trata de una gran operación político-cultural, que logra la maldición de unir lo que debería estar disgregado (bueno, tenemos algunos compañeros que piensan en esa línea, pero creo que hay más de confusión discursiva que diferencias reales). Sin embargo, hay algo incontestable: funciona. La sumatoria de políticas públicas oficiales no obedece, está claro, a un fino plan preconcebido y sometido a las reglas de la ciencia política. Pero funciona. Y funciona, desde hace algún tiempo, en dos planos. En el terreno concreto de la economía, de las mejoras de los índices sociales, en la reformulación de las relaciones internacionales, etc. Pero también funciona en la cabeza de las personas. La ilación entre derechos humanos y política de seguridad, por ejemplo, va teniendo sus puentes, a diferencia de los primeros años, donde esto aparecía más complejo de explicar. La importancia de contar con un Estado fuerte, también empieza a ser percibido con relación a un desarrollo económico más sano, vinculado a los intereses nacionales, antes que a un capricho “ideológico”. Ese zurcido político fue posible porque los máximos dirigentes de esta etapa  (una etapa, sí: Cristina confirmó que no es “eterna”, y hasta asustó con el 2011) hicieron pesar siempre algo que al resto le falta en dosis preocupantes: convicción.

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