domingo, 20 de junio de 2010

Belgrano, el monopolio y Maradona

Decime si esta nota no es bien bloguera: 

Hasta que el 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano la enarboló por primera vez junto al Paraná, cerca de una villa llamada Rosario, la ex colonia que luego de 1860 se llamaría Argentina no tenía bandera propia. Las fuerzas patrióticas seguían usando los colores rojo y amarillo de España en las banderas con que combatían... a España. En las escuelas argentinas suele afirmarse que Belgrano utilizó para la enseña nacional los colores del cielo de la patria, pero el rigor de la historia dice otras cosas. Por ejemplo, que esos eran los colores de la Casa de Borbón que gobernaba España –hoy sigue haciéndolo, de algún modo– y también de la Virgen María en su Purísima e Inmaculada Concepción, patrona del Consulado Español en Buenos Aires. Allí, Belgrano había desempeñado funciones oficiales, luego de volver a estas tierras como un intelectual formado en la vanguardia del pensamiento europeo. Belgrano, que murió un día como hoy, el 20 de junio de 1820, solo, enfermo y pobre, desobedeció órdenes estrictas del gobierno nacional al llevar su bandera desde Rosario a las tropas del Ejército del Norte, del que lo habían designado comandante en jefe. Al enterarse Buenos Aires de su creación, el 3 de marzo de 1812 el Gobierno nacional intentó prohibirle por escrito que volviera e enarbolarla “por razones de política internacional”, ordenándole que la ocultara disimuladamente y la reemplazase por la usada en la Fortaleza porteña. Belgrano explicó con astucia, años después, que no pudo obedecer porque las instrucciones le llegaron a Rosario mientras marchaba a caballo rumbo al Norte. Por entonces, ya no había discusión posible sobre la necesidad de que la Argentina tuviera una bandera distinta a la de España. Hoy es el Día de la Bandera porque es imposible mencionarla sin pensar inmediatamente en la figura de aquel revolucionario cuyo bagaje intelectual fue clave en los agitados días de mayo de 1810.
Haciendo un ejercicio de imaginación, cualquier ciudadano puede divertirse pensando de qué modo hubiesen sido narrados los hechos de aquel tiempo de haber existido por entonces una prensa argentina como la de hoy. El diario que cree que su poder es el de ser de mayor circulación, podría haber titulado así un ejemplar de la semana de la creación de la Bandera: “Grave desobediencia enfrenta al Gobierno con un jefe militar”. Y en los días sucesivos, el matutino podría haber empezado a plantear que la oposición pedía un debate serio sobre la verdad de los hechos en Rosario y a preguntarse sobre el posible origen ilegítimo de los fondos que solventaron el viaje del general hacia el Norte, después del escándalo junto a Paraná. ¿Qué hubiese hecho el columnista de la Patria, el del diario tamaño sábana? Nos hubiese esclarecido con un texto de jesuítica claridad preludiado por este interrogante: “¿Necesitamos otra Bandera?”. El canal de noticias del Grupo no hubiese dudado sobre la importancia del tema. Hubiese estrenado un programa periodístico, con dos repeticiones posteriores, con este título: “Belgrano: toda la verdad sobre el hombre que sirve a dos patrones”. Lo mejor de imaginar cierta lógica mediática de hoy aplicada a la historia es que es fácil predecir la cantidad de llamados de oyentes que recibirían los programas de radio con ciudadanos repitiendo como propios los argumentos que los periodistas se fuerzan por sostener a la hora de contar como verdad una versión casi siempre interesada de lo que está pasando. “Hola, soy Gustavo de Lomas del Mirador y pienso que Belgrano está despilfarrando el dinero de nuestros impuestos en un gasto al divino cohete. Muy bueno el programa.” “Sobre el tema de Belgrano: ¿hasta cuándo este gobierno tolerará que lo desafíen en público? ¿Ustedes piensan de verdad que no recibió la orden de terminar con esa fantochada de la bandera propia antes de viajar al Norte con viáticos del Estado? Soy María de Colegiales, los escucho siempre.”

Hablar hoy de temas como la Patria, Belgrano, la Bandera y los medios, es hablar desde otra perspectiva, de la Argentina de junio de 2010, con un seleccionado de fútbol llenando de esperanzas y sueños a un país repleto de internas y de malas leches al disputar un Mundial en Sudáfrica. La Argentina tiene al frente del equipo a su único mito vivo: el indomeñable Diego Armando Maradona. Y para el mundo completo verlo de nuevo bien en las canchas de fútbol es una noticia sorprendente. Pero para adentro, se cuecen otras habas. No pueden mirar sus hijos o a sus nietos a los ojos cuando lo dicen, pero hay muchos argentinos que quisieran que al equipo le vaya mal en Sudáfrica 2010. Para la mayoría de ellos el problema es que Maradona, el amigo de Fidel Castro que tiene al Che tatuado en el cuerpo, simpatiza con el gobierno nacional. Y además apoyó el proyecto llamado Fútbol para Todos y como si faltara poco, terminó recibiendo en Sudáfrica a Estela de Carlotto. Si a Maradona le va bien, al Gobierno le va bien, simplifican. Y entonces, apuestan en contra. Los medios no pueden decirlo de esta forma, por lo que llevan meses de una campaña, a veces larvada y a veces evidente, contra el seleccionado al que, sin embargo, deben aparecer apoyando para no revelar su juego perverso ante los millones de argentinos que nada saben de internas y mala leche sistemáticas. Maradona, que jamás come vidrio, los embocó ya varias veces, y no se lo perdonarán. Su frase “Que la sigan mamando” después de la angustiosa clasificación para el Mundial del equipo que había recibido en muy mal estado de manos de Alfio Basile, estuvo dirigida al corazón de esos operadores del mayor poder de la sociedad argentina disfrazados de periodistas deportivos.

La Argentina puede ganar el Mundial (ojala que así sea) o ser eliminada en cualquiera de las instancias decisivas, pero en sólo dos partidos del equipo, han caído por su propio peso y de modo estrepitoso la mayoría de las objeciones fabricadas por la usina del periodismo canallesco para intentar perjudicar a Maradona porque en realidad no soportan su independencia.

Dijeron que era poco afecto a entrenar en serio y los jugadores son aviones en la cancha. Dijeron que no trabajaba con pelota parada y hubo al menos dos de los cinco goles que fueron jugadas preparadas en las prácticas. 
Dijeron que ponía en el equipo a un jugador porque tenía negocios con su hermano y ese jugador, Heinze, hizo el gol del primer triunfo. 
Dijeron que intentaba opacar a Messi por celos, y en lo que va del torneo Messi brilla como nunca en la Selección. 
Dijeron que ponía al Kun Agüero porque es su yerno y el Kun la rompió cuando entró ante Corea del Sur. 
Dijeron que no tenía experiencia y Diego había jugado antes cuatro Mundiales (1982, 1986, 1990 y 1994), llegando en dos al partido final, además de haber sido campeón mundial Juvenil en 1979 y de haber participado del proceso previo al Mundial 78. 
Dijeron que su temperamento le juega malas pasadas, y Diego está más calmo y centrado que en toda su vida. 
Ahora dicen... que en realidad piensa como un futbolista pero el equipo lo manejan Enrique y Mancuso.

Si el periodismo es la primera versión de la historia... ¡qué suerte que hay otras versiones!.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

seeeee!! así es!!!
Y me da bronca que la única forma de que no le caigan encima al gordo es que Argentina salga campeón. Porque hasta con un tercer puesto lo van a matar.

En el laburo hicimos una vaquita para comprar un LCD y sortearlo entre todos después del mundial. Hubo varios que se negaron diciendo algo así como que no iban a apoyar a esta selección.
Ahora están ahí sentados frente a la tele, y lo peor es que creo que desean que la selección pierda para retozar en su mier*a encima decir "vieron? yo les dije etc etc".
Casi que quiero que salgamos campeones sólo por el dié.

richi

Adrián Corbella dijo...

Muy interesante la nota. Y me parece muy adecuado el paralelo entre Belgrano y Maradona ya que, más allá de las obvias diferencias, Belgrano también fue un rebelde, un irreverente, un "irrespetuoso"... que hacía una bandera sin permiso, la seguía usando contra las órdenes recibidas, se negaba a retirarse hasta Córdoba y lograba debido a su desobediencia sus dos mayores triunfos...
Genios y locos son parientes cercanos...
La parte final también es interesante... El monopolio es cada vez más patético, más impotente, más "huérfano" (el pájaro voló a Estados Unidos... Por algo será...)...
"El grupo" está sufriendo una metamorfosis : de Sherlock Holmes a Maxwell Smart...

Adrián Corbella