jueves, 17 de octubre de 2013

Sexo y militancia

les copio un texto de Nando Bonatto, publicado en su blog Ramos generales y otras yerbas:

Cuando la militancia política comienza en la adolescencia y primera juventud la conjunción con el sexo es inevitable. En los primeros sesenta cuando el mandato paterno implícito me inclino hacia la militancia política o social si cabe, los impulsos hormanales jugaron un rol determinante en la elección política más allá de cualquier convicción. 

Contaba Leonardo Favio, ícono peroncho si los hay, que su ingreso a la Fede, la Juventud Comunista, tuvo lugar por ese impulso y no por las pesadas lecturas del Manual de Marxismo Leninismo de Otto Kuusinen por el cual se petrificaban, bajo pesados ladrillos de materialismo dialéctico, cualquier intento creativo del rebelde perpétuo intrínseco a la globalidad púber. 


Seamos sinceros, desde la óptica masculina al menos, el deseo hegemonico, dominante, mayoría dictatorial sobre el resto de los deseos, en ese lapso que podemos ubicar entre los 14/16 era simplemente dejar de tener como novia a Manuela y acceder a los misterios que insinuaba el escote o el tajo audaz de la pollera.
 

La militancia podía ser entonces la puerta posible al sexo como conquista del futuro.

Las opciones militantes, en mi juventud platense de barriada gorila y clase media con aspiraciones a más eran, hay que decirlo muy limitadas.
Uno, peroncho ultraminoritario entre hirsutos amigotes, no podía, sin pasar por anacoreta huraño, exponer argumentos a favor del tirano depuesto seguido por la grasada y los cabecitas negras.


Ya en el 55, un amiguito, en medio de la lluvia setembrina, gritó de vereda a vereda SE TE CAYÓ EL IDOLO. Burla terminante que hizo que en mis nueve años y en minoría en ese barrio, ya me viera obligado tragar saliva. El Peronismo era entonces un sentimiento reprimido tanto como el sexo.
 

Volvamos a las opciones. Descartado el peronismo,quedaba el paterno nacionalismo/forjismo preperonista, ausente y sin personalizar en el barrio, se contaba la presencia de un nacionalismo con olor a incienso y gusto a hostia. Misógino como el que más, ese nacionalismo se me presentaba masculino, con olor a huevo, tan masculino, tan machista que califique con acierto, portador del peor de los pecados de entonces, la putez.
 

La lectura de Sartre en La Infancia de un Jefe puso marco teórico a esa sospecha, hoy prejuiciosa y errónea si se generaliza, aunque corroborada en personas concretas en aquel momento, eran entonces escasas las opciones.
El gorilismo radical me era tan ajeno como la quimica inórganica que aun es un misterio para la materia gris que porto. Quiso el azar entonces, que, como Leonardo Favio, me tropezara con las jóvenes comunistas.


Rebeldes y bellas, rebeldes incluso ante la esclerosis codoviliana de su partido, bellas como toda joven. En el medio que frecuentaba ser comunista podía ser excéntrico, pero con el halo de intelectualidad, jamás cometer el pecado de ser grasunes.
 

Tuve el consuelo, que en medio de la indigesta pesadez de los textos codovilianos, se encontraran joyas perdidas en los Cuadernos de Cultura que con la dirección de Hector Agosti había logrado introducir, de contrabando y por ignorancia del censor, nada menos a Antonio Gramsci y al olvidado Georg Luckas

Por ese trabajoso camino pude arribar a la doble lucha por la revolución y la satisfacción del deseo. Claro está que de persistir en el mismo, la revolución iba a terminar en un coitos interruptus y fallido. Poco duró entonces el romance. 


Otros tiempos llegaron, enemigos si cabe del sexo, que entre clandestinidades y persecuciones era una hazaña. A poco irrumpió la JP, como si de golpe la clase media descubriera el peronismo. Para ese entonces, la pasión y la militancia confluyeron con la que es hoy mi compañera de vida. Militancia que no fue necesariamente polítíca y que pasaba también por construir el día a día de nuestras vidas.

Nos salvó el amor, lo constante. 


Aunque en días como este 17, en medio de broncas, surge el viejo impulso liberador íntegro que nos hace silbar la marcha como piropo a la vida para sacar afuera ese oscuro, reprimido objeto de deseo.

1 comentario:

Adal El Hippie Viejo dijo...

Maravilloso texto compañero !! ....me sentí identificado con el mismo.

Abrazo