martes, 11 de septiembre de 2012

A mi maestra

Susana Romero es una voluptuosa y conocida actriz que supo brillar en la década del ochenta acompañando al queridísimo Alberto "negro" Olmedo.
Sin embargo, para un grupo de hombres y mujeres que han pasado la barrera de los cuarenta años largos y que en el albor de la década del setenta compartieron un aula en la querida Escuela Nº 29 Sgto. Cabral de Oncativo 250, hubo otra Susana Romero, fue la "Señorita Susana".


Susana fue quien tuvo la responsabilidad de suplantar a todas las mamás cuando ese primer día de clases, todas ellas nos soltaron por primera vez la mano. 

Muchas/os lloraban, otras/os no hablaban, algunas/os sufrían dolores inesperados, todas las manifestaciones eran válidas para poder "escapar" de esa señora desconocida que, como si fuera poco, vestía guardapolvo blanco (ese mismo que cuando uno aún es niño identifica con el médico) y que parecía mayor que nuestra madre.

Sin embargo, esa mujer, Susana, jamás será olvidada por quien esto escribe. Ella y sólo ella, nadie más pudo haber ocupado ese lugar. Ella logró que todas las mañanas durante dos años, dejáramos a nuestra madres en la puerta de la escuela con alegría y sin ese sentimiento primero de abandono que sufrimos el primer día de clases.

Héctor "el triste" Gagliardi, fue un poeta del arrabal, tanguero acérrimo y decidor como muy pocos, le dedicó una poesía a su maestra de cuarto grado. Creo que es una pieza literaria difícil de superar, así que los invito a escucharlo para después, seguir recordando a Susana, ahí va:


A diferencia del relato de Héctor, no tengo recuerdo de alguna ausencia durante los dos años que Susana acompaño nuestro crecimiento. Ella tuvo la virtud de ocuparse de manera personal de cada uno de sus alumnos, cada uno de nosotros era un poco dueño de Susana, como bien dice Fabiana:

"Mi 1er. grado en la 29 fue problemático, lloraba mucho no quería quedarme en el cole y mi mamá no sabía que hacer!!! La srita. Susana, un sol !!! Para mi, en aquel momento era como una abuela, me sentaba a su lado y me daba su té para que tomara y me calmara!!!, yo ponía el pretexto que me dolía la panza para que mi mamá me llevara a casa pero ella con su té mágico hacía que los dolores se esfumaran!!!!!! Jamás olvidaré eso ... que paciencia me tuvo"



Los primeros palotes, esas raras letras jeroglíficas, los fósforos sin cabeza en paquetitos de a diez para aprender a contar, el recorte de figuritas escolares y el marco en cartón forrado en lana para pegar en el cuaderno, el papel glacé doblado para fabricar un marco y colocar la figu adentro, el "no dibujar a los próceres porque estaba prohibido", todo eso nos enseño Susana.




Quedarme en eso sería como poco, a la distancia, puedo evaluar que ella nos enseño el amor al laburo, a involucrarnos y participar, Susana me inculcó el sentido del deber y la conducta.

 Ese primer día fue bastante duro, esa cosa medio pendenciera que aún me dura, me viene desde muy pibito; les cuento que ese primer día volví a casa con mi primer mala nota, han pasado 40 años, pero ese "No debe jugar con el puntero" escrito en el cuaderno, todavía me acompaña.

Doy gracias de esa reprimenda. Casi que me siento orgulloso por ese llamado de atención. Jamás se le hubiera ocurrido a mi vieja cuestionar una indicación de la Maestra. Cuánto han cambiado los tiempos, hoy un padre recurre a la justicia para que su hijo apruebe.

Que suerte la nuestra, haber sido educados con esa escala de valores; escala en la que la palabra del docente no estaba en discusión. No es fácil la tarea, como nunca lo fue, aunque de algo estoy seguro, voy a luchar abrazo partido para que mis hijos, que viven este tiempo, entiendan y acepten que las cosas son un poco diferentes, que muchos no hacen razón, que lo aparentemente normal no lo es tanto, que si la maestra comete un error, habrá que corregirla sin desautorizarla, que por algo ella está frente a un aula.

 En fin, me fui un poco de tema, por eso, cerrando, Susana Romero, a quien tuve la fortuna de volver a encontrar alguna vez, ya muy viejita, que me recordó con sólo verme, demostrándome una vez más que lo suyo no era casual, sino un compromiso militante con su profesión y con la vida: Gracias!

Gracias por haber suplido a quien resulta ser irreemplazable. Que suerte que estuvieras en ese momento junto a nosotros, por el rescate y la memoria:

 Ahora si, todos de pie junto al banco, guardapolvo blanco alineado, con voz clara y alta, pronunciemos ese "Buenos días Señorita Susana"




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