miércoles, 1 de abril de 2009

La Primavera alfonsinista


Leyendo las entradas de MP y Gerardo sobre Alfonsín, con las cuales coincido plenamente, me permitieron insertar el presente escrito. El mismo, es un capítulo del libro "Nostalgias de un tiempo que paso". Espero sea de su agrado:


Haber nacido tarde ...o carta a los que tienen más de cincuenta


Seguro que para muchos, la década del ochenta no fue tan relevante como las anteriores, y ni que hablar de los noventa. Es posible que los cincuentones no puedan sentir de otra manera; pasaron del hippismo de los sesenta a la politización más increíble que pudo haber tenido nuestro país, durante los setenta.

Aquellos sí que fueron años maravillosos. A pesar de todo lo que vino después. En un punto creo que si hubiésemos, aunque más no sea imaginado el desenlace catastrófico que tuvo nuestro sueño de libertad, quizás ni siquiera lo hubiéramos proyectado, pero... a la vuelta de las cosas, que lindo fue haberlo intentado - suelen repetir...

Y yo pienso... eso, justamente es lo mejor de ustedes, haberlo intentado. Siempre que puedo trato de conversar con mis mayores, y advierto en todos una singular característica que se repite casi como una constante, es como un gesto de satisfacción que les quedo grabado en el rostro, algo parecido, pero distinto a aquello de ...con la satisfacción del deber cumplido.
Cuando pienso en ustedes y su tiempo, me transporto. He pasado mucho tiempo imaginándome en su época, y siempre me asaltan las mismas dudas. ¿Me habría comprometido como lo hicieron aquellos que ya no están?, ¿Hubiera abrazado la lucha de la misma manera?, ¿Me habría animado a esa militancia tan comprometida, esa que los llevaba a las villas para dar educación a los más humildes?, ¿Habría sido capaz de entender que era lo que se estaba jugando?, ¿Hubiera sido lo suficientemente hábil para zafar? Me habría, me hubiera, hubiese podido... Todas son preguntas concretas con respuestas imaginadas, posibles o no, pero sin duda pendientes, sólo por ser, únicamente, de otro tiempo.
En ese ser de otro tiempo me tocaron vivir alternativas muy diferentes a las suyas, tal vez menos arriesgadas, pero no por ello al punto de ser despreciables o ser consideradas sin pena ni gloria.
Por eso a veces me envuelve una congoja.

Mirá, no pretendo justificar a mi generación, ni mucho menos a mí mismo por no tener respuestas a interrogantes que me asaltan de tanto en tanto... pero voy a contarte algunas cosas: cuando la noche de los bastones largos allá por el ’66, ¿te acordas? muchos recién empezábamos a caminar; más tarde, cuando proponían el LUCHE Y VUELVE, apenas teníamos seis años; cuando llenaban la plaza con 100 mil militantes políticos de un día para el otro, rondábamos los diez; cuando pasaron a la clandestinidad no habíamos terminado el primario y cuando los “chupaban” y se los llevaban a la ESMA, juntábamos figuritas del mundial ’78.

Ustedes fueron testigos del “mayo francés”, del “cordobazo”; escuchaban a Zitarrosa, Viglietti, Les Luthiers, Opus 4; leían a Sartre, Litín, Walsh, Conti, Cortazar; vieron La naranja mecánica, Ultimo tango en París; descubrían el “amor libre”, Villa Gesell, el Bolsón. Tuvieron el Di Tella y la audacia del teatro independiente.
En tanto a nosotros, muchos aún niños y otros tantos casi púberes, nos hacían escuchar “Música en Libertad” con Rubén Matos y Heleno. Nos llevaban al cine a ver los Superagentes, Brigada Azul y Dos locos en el aire. Leíamos la historia argentina de Ibáñez y nos inventaron ERSA, devenida en “Formación Moral y Cívica”, con la cual nos explicaban que era democracia, vaya paradoja
Cuando empezamos a despertar de nuestra adolescencia, los mismos contra los que ustedes se enfrentaron, nos despabilaron de un baldazo a una realidad totalmente ajena y nos mandaron a una guerra, esa misma que muchos de ustedes apoyaron y hoy se empeñan en descalificar sin acordarse de nosotros, ¡puta!, si hasta nos hicieron sentir cómplices de la decisión de un general etílico, dándonos la espalda cuando más los necesitábamos.
Sin embargo ese acontecimiento nos movilizó como nunca, no por apoyar la guerra, sino por nuestros compañeros y amigos que estaban siendo masacrados en Darwin y Monte Longdon, aunque de ello nos enteraríamos meses más tarde, ya que la propaganda oficial, sobre todo a través de la revista Gente, nos vendía románticas historias de la guerra, o Tiempo Nuevo de Bernardo Neustad, que resaltaba la figura del General Menéndez como “el jefe militar que cualquiera quisiera tener”.
La derrota militar terminó con ese proceso nefasto que cegó durante siete años a nuestro país, y los cegó tanto, que no pudieron vernos cuando empezamos a reunirnos por la caída del régimen.
Seguramente, si ustedes hubieran estado con nosotros, las cosas habrían sido diferentes, pero, el proceso nos dejó sin referentes, la brecha era muy grande entre nuestra incipiente participación y quienes nos convocaban. Y de ahí nuestro reproche y nuestro dolor.
A fines de 1982 y principios del ’83, plena primavera alfonsinista, nosotros también tuvimos utopías, empezamos a creer que el cambio era posible, muchos nos involucramos, algunos desde la universidad, pensando que ese era nuestro puesto de lucha desde donde pretendimos volver a instalar la idea de una sociedad más justa.
Tuvimos que empezar de cero, ustedes no estaban, muchos no estarían más (lamentablemente los más lúcidos y audaces) y otros tanto, estaban volviendo del exilio. Hicimos lo que pudimos, empezamos por tratar de recrear la mística de la militancia que sus recuerdos nos relataban. Aún hoy, ¡y mirá que pasaron unos cuantos años! Se me eriza la piel cuando recuerdo la primera manifestación, a la que concurrí con una emoción desaforada. Todavía bajo la dictadura, formando parte de la JP entrando a una Plaza de Mayo abarrotada de gente que se iba abriendo a nuestro paso al son de “y ya lo ve, y ya lo ve, es la gloriosa JP”. En esta instancia bien vale una aclaración, gracias por habernos dejado esa herencia, por un instante, quizás por unos días, portar el brazalete, ser parte de la organización y movilizar a tantos compañeros, ha pasado a ser un recuerdo imborrable para muchos de nosotros.
Te decía que desde nuestra escasa formación política, tratamos de recrear un ambiente participativo y popular. Nos tuvimos que crear “iconos”, para asimilarnos un poco más a ustedes y su historia. Así fue como Nicaragua se convirtió en nuestro Cuba, con su “Congreso por la Paz de Nicaragua”, sí hasta a un nuevo idioma nos adaptamos, palabras como “pueblo”, “jprra”, “el viejo”, “orga” y “cumpa” ocupaban nuestro vocabulario.
El regreso de los recitales populares con interpretes de la talla de la negra Sosa, el Nano Serrat, Víctor Heredia, Viglietti, León y Pablo Milanés, todos prohibidos durante la dictadura militar, se convirtieron en mítines políticos increíbles; muchos se enganchaban en las “Brigadas del Café” que viajaban a Nicaragua y otros tanto se corrían hasta Chile para participar de las jornadas de protesta contra Augusto Pinochet.

A diferencia de los cafés tipo La Paz, nos inventamos los cafés literarios, en los que al igual que ustedes, discutíamos sobre sus mesas el futuro. Fueron lectura obligada por aquellos incipientes años democráticos, Hernández Arregui, Jauretche, Cortazar y Walsh, para nombrarte algunos. Entiéndannos, nosotros recién los descubríamos.
En las universidades, las cátedras cuyos titulares eran docentes vueltos del exilio quintuplicaban en alumnos a las de los que durante el proceso jamás perdieron sus cátedras. Recuerdo que por aquellos años, en Arquitectura, volvían a la docencia Fredy Garay, Jorge Moscato y la negra Córdova, entre tantos otros. Acorde con los tiempos, al igual que en los ’70, “el taller confederado Sorondo-Moscato”, superaba en más de cuatrocientos inscriptos al resto de las cátedras.
Los locales partidarios surgían por todas partes y ello se debía en muchos casos, al empuje de nosotros, y desde ahí, sino de donde iban a salir quienes se sumaron al pedido inclaudicable por los desaparecidos, acompañando a las madres de la plaza. Fue nuestra generación la inventora del “escrache”.
En esos años, la Argentina era una fiesta y nosotros, al igual que ustedes, fuimos utópicos, creímos de verdad que desde la democracia la cosa se podía cambiar. Y confiamos en una clase política que, a la vuelta de las cosas, poco a poco nos sacó las ganas de soñar, de participar y de creer.
Es injusto pensar que los ochenta pasaron sin pena ni gloria, nosotros tratamos de que así no fuera, pero flaco favor les hicieron y nos hicieron quienes se dijeron representarnos.
La gran diferencia entre los setenta y los ochenta está dada en que mientras a ustedes les arrancaban la vida, a nosotros nos iba matando la ilusión, nos asesinaron la utopía, esa misma que nos legaron ustedes con su lucha: la de creer en un tiempo más justo y solidario para todos.

Hoy, muchos de nosotros, devenidos padres de familia, con otras responsabilidades no menos importantes, seguimos luchando en silencio, desde otra perspectiva y otro puesto, tratando de inculcar -una vez más- a nuestros hijos, y para que ellos la sigan trasmitiendo, aquella vieja mística militancia por la vida que ustedes nos legaron.
Y perdónennos por haber nacido tarde, nosotros no tenemos la culpa.


Escrito en el año 40 de mi existencia, es decir, cinco años atrás.

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